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Archive for the ‘Retratos’ Category

Turquía

J. Bernal RevertTenía a mi madre preparada psicológicamente. Desde los 14 años, más o menos, empecé a repetir “quiero viajar, quiero viajar”. Supongo que para ser como mi padre.

Así que a los 16 me marché. A Turquía.

Hice un trato con ella. Me iría diez días a un campamento, para hacerme al sitio, y luego podría hacer mis propios planes durante otros seis.

Pero hay una cosa que no le conté nunca.

El lugar resultó ser un campamento militar, esto ella sí que lo sabe, donde entrenaban paracaidistas y gente así. El ejército del aire.

En los papeles estaba escrito que nosotros íbamos a Turquía para participar en un proyecto de cooperación. Teníamos que construir una pista de baloncesto, para niños, supongo.

Pero cuando llegamos no había nada de eso. Nos dijeron algo sobre el presupuesto y, para ocupar nuestro tiempo, nos pusieron a pintar.

Fue horrible. Había cosas que estaban ya pintadas y… bueno, el caso es que todos éramos jóvenes, así que nos unimos mucho.

Nos despertaban a las seis. Una locura. El tío que estaba a nuestro cargo pegaba con una barra de hierro en lo que pillara: la puerta, una cama, y hacía un ruido tremendo.

Yo me lié con una chica; y aquí viene la historia.

Un día alguien se nos acercó y nos ofreció comprar hachís. No fuimos nada discretos, así que en poco tiempo todo el mundo sabía que habíamos fumado.

A los tres días nos llamó el capitán general. A su despacho. Y claro, nos cayó la bronca. “No sabéis lo que habéis hecho”, y cosas así. Al otro, al que nos vendió, lo denunció. Allí en Turquía te meten en la cárcel por eso.

¿Te imaginas una cárcel en Turquía? Nos dijo que nos podían caer siete años, y que se lo iba a pensar.

Durante todo el día siguiente no supimos qué pasaría.

Cuando nos llamó de nuevo, nos dijo: “No quiero volver a veros”. No nos denunció, lo que hizo fue meternos en un autobús y dejarnos a nuestra suerte.

Yo tenía dinero para los otros seis días, pero ella no.

En cierto modo fue bonito. El autobús nos llevó a Estambul. Nos metíamos a escondidas en habitaciones individuales de hotel… y antes de irnos del campamento robamos una barra de pan. Una aventura.

El otro chico estará todavía en la cárcel, supongo.

Y a ella la vi hace dos años, en un restaurante. Era una tía muy guapa.

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Historias de la India (I)

J. Bernal RevertPuede ocurrir que te cases con una mujer que no sabe cocinar. Entonces te tocará decir “bueno, yo me encargo de la cocina”.

O al contrario: a una mujer puede pasarle que su marido no sepa cuidar de los niños. Entonces ella tendrá que hacerlo.

Como tú has dicho, todo tiene su lado bueno y su lado malo.

Vosotros estáis juntos durante cinco, seis años, y luego nada. Lo sé porque lo he visto, he visto a los jóvenes, he hecho algunos viajes de negocios por Europa. 

Son formas diferentes de ver las cosas.

Aquí, por ejemplo, hay muchas mujeres que prohíben beber a sus maridos.

En serio, es muy común. Pero mira. Mi hermano se casó hace catorce o quince años, y como ella vio que le gustaba el alcohol, le dijo “de beber, ni hablar”.

Y ahora beben los dos. 

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Carbón

Hasta donde yo sé, hay dos tipos de carbón: el marrón y el negro. El negro es más caro, porque hay que sacarlo de las profundidades de la tierra. Para extraer el marrón, en cambio, sólo hay que excavar un poco.

Así que los pobres utilizaban este último. Toda la parte oriental de Berlín producía electricidad gracias al carbón marrón que, por cierto, huele que apesta.

Y eso es lo que recuerdo de la caída del muro.

Mucha peste.

Yo era sólo un crío, y ese día falté al colegio. Lo primero que hicimos fue visitar a mis tíos. Bueno, unos tíos de mi madre, a los que no había visto durante 28 años. ¿Te imaginas?

28 años.

A mí me encantaría tener recuerdos realmente políticos. No sé. Soldados en la calle, o gente manifestándose, o cámaras de televisión por todas partes.

Pero sólo recuerdo las fachadas de las casas, que me impresionaron mucho, porque estaban todas manchadas de carbón. La combustión de esa cosa lo volvía todo marrón, y esparcía un olor muy particular por la calle.

Yo iba de la mano de mi madre, mirándolo todo. El resto supongo que lo tengo en la memoria de tanto verlo en la tele. Porque cada año vuelven a poner las mismas imágenes.

Pero tío. Qué peste.

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Let it be

J. Bernal Revert

Cada vez que escucho Let it be me parece que estoy llamando por teléfono. Es que la ponían como musiquilla de espera en el tanatorio, y cuando estaba de prácticas tuve que llamar un montón de veces.

Teníamos una sección especial, aparte del obiturario. Algo así como homenajes a la gente que moría. Y chico, era lo que más se leía del periódico.

Total, tenías que llamar y hablar con la familia del muerto. No te quedaba otra, porque había que redactar una noticia, con su titular y todo, sobre Pepe o Luis o Juan Pedro. Imagínate el percal: “Aficionado a los toros fallece en Málaga”.

Porque, claro, había cuatro cosas que yo preguntaba siempre: primero, dónde nació. Eso ya te da la noticia. Por ejemplo, “Muere un madrileño enamorado de la Costa del Sol”. Y el fútbol. Si le gustaba el fútbol, ya tienes dos o tres líneas más.

La tercera cosa, los toros. Eso funciona. Le preguntas a las señoras, que están llorando, o a los hijos, “¿le gustaban los toros?”. Y normalmente se entusiasman y te cuentan que el tío que ha espichado seguía mucho a El Juli, o que de joven saltó de espontáneo una vez, cosas así.

Luego le preguntas si tenía hermanos, porque los abueletes tenían todos muchos hermanos, y con eso ya vas que chutas.

Es una prueba de fuego y te da tablas. Si eres capaz de llamar a una viuda al tanatorio y hacerle una entrevista, luego puede venir el presidente del Gobierno o puede venir quien quiera, que te lo comes.

Hay gente que lo llevaba peor. Leti se tiraba una hora o más, muchas veces. Y cuando colgaba seguía llorando.

Muy heavy.

Yo al principio pensé que era coña. Luis me lo explicó el primer día. Bueno, Luis era el jefe de sección. “Tienes que llamar al tanatorio tal, y mejor pregunta en voz bajita”. Como él era así, graciosillo, le dije “venga ya, Luis”.

Pero no sonrió. Cuando me di cuenta de que iba en serio, me quería morir.

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Antonio

J. Bernal Revert

Yo a ellos se lo tengo dicho.Me vienen, y sueltan: Es que no quiero trabajar con tal, o no quiero que me toque con cual.

Y yo les digo ah, no, no. A mí me hace falta un equipo. De contratar gente suelta ni hablar. Yo necesito a tres tíos, a cuatro tíos, que me hagan un equipo.

El Antonio, ni un problema. No me protesta ni mijita.

Claro, yo lo cuido desde que llegó como si fuera… vamos, como de aquí. Llegó, nos saludó y nos dijo: me llamo Yoquesé Yusú, o yo qué sé, una cosa rarísima, claro, de allí. Y yo cojo y le digo: “Tú, Antonio”.

Y hasta hoy.

No tenía donde dormir, porque las criaturas tú me dirás.

Digo “ahora mismo te lo arreglo, hombre”. Y llamé. Ya ves tú qué daño me hace a mí coger y, de los 500 que hay las cosas, gastarme 50 en un colchón. Porque un colchón vale tres duros.

Claro.

Cogí, me fui, entré en el Leroy. Tenías que haber visto lo contento que se puso. Y él tiene allí su cabañita, más bien que . Con sus cosas y se le respeta. Allí no entra nadie.

Eso sí, escúchame: es la cosa más noble que yo he visto.

Y lo que le gusta reírse al hijo puta.

Te lo digo yo. El Antonio.

Más buena gente que el carajo.

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Mujeres

Marco Antonio Fernández
Mi mujer siempre me dice que tengo todos los trajes iguales: de color gris. Y yo digo ¿pero de qué color quieres que me los compre? ¿Amarillos? Ella me dice que no, que los hay azules, marrones, negros…

Es que una mujer se levanta y, dependiendo del estado de ánimo que tenga, se viste.

Por ejemplo, si ves que se viste de rojo, ya sabes que tiene el día potente.

Bah, al final la acabas viendo como a una amiga.

Yo problemas no he tenido muchos. Los normales. O sea, los que vienen cuando falta el dinero.

Porque los problemas vienen ahí.

Si algún día discutes y, bueno, ves que la cosa se ha puesto muy fea, te vas al cine. Y a la vuelta se te ha pasado el enfado.

Echas un polvo con ella, y en paz. Todo en calma.

Ya te digo que es como una amiga.

Pero yo, un traje amarillo, ni borracho.

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La cerveza

Allí a los turistas los tratan estupendamente, porque no quieren dar la impresión de ser un régimen dictatorial. A los propios cubanos, en cambio, la policía les mete bien fuerte.

Un día salí a buscar una cerveza. Me apetecía. Busqué por dos o tres bares, y no hubo forma. “Se acabó”, “está caliente”, “lo siento hermano”. Cosas así.

Después del cuarto intento, encontré un tipo en la calle. Era corpulento y mulato. Cubano, seguro, así que le pregunté dónde podía conseguir una cerveza.

Se ofreció a ayudarme a cambio de cinco dólares.

Acepté encantado, y el mulato guardó el billete y se fue corriendo. En el peor de los casos, pensé, habré perdido cuatro euros.

El tipo volvió a los cinco minutos, y me dijo honradamente que no había encontrado ningún bar con cerveza fría.

Luego alargó la mano y me devolvió mis cinco dólares.

Entonces, mientras nos despedíamos, apareció un policía. “¿Qué intentas vender a este señor?”. “Te juro, hermano, que dios sabe que soy un buen hombre”, empezó el mulato. “Porque soy rasta” (el mulato llevaba rastas), “y jamás he hecho daño a nadie”.

El policía estaba visiblemente cabreado y el rasta decía cada vez más tonterías, así que intenté mediar.

Antes de que dijera la segunda palabra, ya se lo estaban llevando, más o menos violentamente.

El mulato llamó hijo de puta al policía. Y el policía metió en un coche al mulato.

Luego pasó lo que te puedes imaginar.

Y eso es Cuba.

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